Ahí va un hecho real que me marcó personal y profesionalmente 💡😲. Mucho más de lo que entendí en su momento.
Es cierto que hay trillones de hechos cotidianos que nos moldean sin que seamos conscientes. También es verdad que algunos impactan poco a poco y otros lo hacen de golpe, pero solo entendemos su peso años después.
Este fue uno de esos.
Recuerdo una conversación entre mis padres cuando yo era niño —allá por el Pleistoceno— que se me quedó dentro sin saber muy bien por qué.
Mi padre empezaba entonces a “romper zapatos” 👞 vendiendo harinas en Barcelona. Un día le surgió la oportunidad de representar una marca de altísima calidad fabricada en Zaragoza. En casa, Zaragoza era “LA CAPITAL”, porque venían de un pequeño pueblo de Teruel —cuando aún existía menos— y siempre bromeaban con que su pueblo no salía ni en el mapa.
El dueño de la fábrica era conocido como “Don Tal” 🎩. No era un simple tratamiento de cortesía; era un “Don” con peso, con autoridad, casi con aura de cacique de comarca.
Yo veía la ilusión en casa con el viaje a Zaragoza y con “lo del Don Tal”. ¡Mi padre iba a comer con él en un hotel! 🏨🍽️ Aquello debía ser la cima de algo importante.
Recuerdo la conversación al volver.
Mi madre lo recibió feliz porque traía la representación cerrada, sellada con el apretón de manos de la época. Y quizá ahí se grabó en mí, sin darme cuenta, que un apretón de manos sella algo más que un trato. Mi padre insistía siempre en enseñarme a dar la mano con firmeza.
También le escuché reconocer que no iba tan elegante como hubiera debido para un entorno así, pero que el “Don” lo recibió con cercanía. Y entonces me pregunto: ¿qué pesa más, el envoltorio o el contenido?
Pero lo que realmente se me quedó fue otra escena.
Durante la comida, al comerse las gambas 🍤, el “Don Tal” vio que mi padre tenía dificultades para pelarlas con soltura. Sin dudarlo, empezó a comérselas también con los dedos, delante de todo el comedor del hotel.
No hizo ningún discurso. No dio ninguna lección. Simplemente niveló la situación.
Y esa escena —años después lo entiendo— fue una demostración brutal de empatía.
No sé si mi “disco duro” infantil lo almacenó conscientemente, pero sí sé que desde entonces la empatía (ponerse en la piel del otro) y la simpatía (hacerlo con genuinas ganas de ayudar) son valores que aprecio por encima de casi todo ✨.
Aquel “Don Tal” tenía un don 🎩✨. No me importa si era innato o aprendido. Lo importante es que lo ejercía. Y lo exportaba.
Eso deja huella.
Soy Personal Shopper Inmobiliario (aicat 5720 y aepsi 135)
e intento aplicar ese mismo don —empatía real, no impostada— cada día ayudando a comprar hogares.
Edu Báguena

